Sorpresa
Enviado por Marco
Salí del salón de belleza a eso de las siete y media. Todavía era temprano, había quedado con Sheila a las diez, y me apetecía pasear. Realmente, la esteticienne que me recomendo mi amiga conocía su trabajo. Después de la sesión de peinado y maquillaje me dejó más bonita de lo que nunca hubiese dicho. Ya puestos, mientras me depilaba las piernas y axilas, me comentó que debería hacerme lo mismo que Sheila. Acepté y me quitó el poco vello que poblaba mi espalda y pecho. Me violentó un poco más cuando dijo que me tenía que hacer el culito y mi sexo. –Vamos cariño, cualquier hombre perderá su cabeza por este trasero sin pelitos-, soltó dándome una palmadita. Me convenció y reconozco que valió la pena. Me vi preciosa en el espejo. Mientras me miraba mi polla rasurada noté que esta se levantaba descaradamente. La chica sonrió al darse cuenta de mi rubor , -Que lástima que sea para un chico- suspiró. Estuve a punto de decirle que también podía ser para ella, pero me contuve. Ya habría un momento para ello. Después de pagarle y agradecerle sus consejos salí a la calle más que contento con mi nuevo look.
La capital me encanta. Está llena de gente a quien no conoces y para la que siempre eres nueva. Como no tenía ninguna prisa, decidí ir de compras. Tan bueno era el trabajo de la esteticienne que nadie parecía darse cuenta de mi condición de chico. Debo reconocer que en el último año, desde que Juanjo/Sheila me iniciase, me había esforzado mucho en aprender. A menudo me identificaba más con mi estado actual que con el de hombre, cada vez me sentía más cómoda dentro de mi papel de mujer. Me gustaba, entre otras cosas, provocar a los muchachos con mi cuerpo, y este era un deporte que nos gustaba practicar con mi gran amiga. Tal vez eso me decidió a entrar en aquel pub saliendo del Corte Inglés. Acudían a él los administrativos y ejecutivos de las oficinas colindantes antes de ir a casa. Sentí las miradas lascivas resbalando por mi cuerpo; eramos pocas mujeres para tanto hombre. Me fijé al poco en un joven, de unos treinta años, guapo y alto. Tenía un semblante entre triste y preocupado, tal vez pudiese hacer mi buena obra del día al fin y al cabo. Una de las cosas en las que más había avanzado era en mi expresión. De los primeros titubeantes devaneos hasta hoy había mejorado mucho. Incluso mi voz se había aterciopelado y, gracias a los consejos de mis amigas pasaba perfectamente por la de una chica, tal vez un poco áspera, pero de chica después de todo.
Estuvimos hablando un buen rato cuando, de pronto, me invitó a acompañarlo a un reservado. Nerviosa, acepté y le seguí hasta un sofá en un rincón oscuro de una sala contigua. Esperamos a que el camarero trajese los cubatas que habíamos pedido. En aquel momento, me preocupó que descubriese mi secreto y decidí atacar primera. Le estampé un beso en la boca mientras tomaba sus manos con las mías para tenérlas controladas. Edu, así se llamaba, se dejó hacer y mi lengua aprisionó a la suya. Rápidamente, y sin mediar palabra, me agaché hasta el bulto que se marcaba en los pantalones. De hecho, me arrodillé ante él para tener un mejor dominio de la situación y , también, para evitar que me metiese mano en la entrepierna antes de hora. Solté los botones de la bragueta pero vi que me iban a molestar los pantalones, así que le pedí que se los bajase. Sin rechistar, se los bajó rápidamente junto con los slips y volvió a sentarse. Su tranca estaba todavía algo morcillona cuando la tomé entre mis manos, por lo que decidí trabajarle los huevos un poquito. Los besé y chupé al tiempo que soltaba distraidos lengüetazos a la base del pene. El miembro del chico reaccionó rápidamente al tratamiento y fue tomando consistencia. Pronto estuvo tiesa como un palo. No era muy larga pero sí bastante gorda. Su aspecto era más que interesante. Las venas se marcaban pronunciadamente, en especial la mayor que iba a parar a un glande rojo y muy gordo. Me estremecí ligeramente al pensar que haría aquella cosa dentro de mi culo. Me lancé a la mamada sin más rodeos resiguiendo delicadamente aquella maravilla, mordiéndola ligeramente de vez en cuando. Saboreaba el gusto salado de la caperuza y bajaba a buscar otra vez las bolas resiguiendo el tronco cuando decidí tragármela hasta donde pude. Edu suspiraba pesadamente al ritmo de la chupada hasta que empezó a apretar como si me estuviese follando por la boca. El chico comenzaba a soltar líquidos que yo le esparcía con mi lengua por todo su nabo y me temía que se iba a correr allí mismo. Así fue; me soltó el primer chorro y casi me ahogo, pues estaba demasiado adentro. Me retiré un poquito y soltó una corrida espesa y abundante. Tenía tanta leche en mi boca que se me escapaba por la comisura de los labios, bajándo hacia mi cuello. Me tragué lo que quedaba y limpié mi cutis procurando no estropear el maquillaje, que habría que retocar de todos modos. La verdad es que me decepcionó un poco aquella vaciada tan rápida. Procuraría despedirme rápido y me iría en busca de Sheila, al fin y al cabo, tampoco faltaba tanto rato.
Sin embargo, cuando me disponía a levantarme, vi que no se había aflojado ni un milímetro. -¿No quieres aprovecharla, preciosa?-, preguntó como sin darle importancia. Balbuceé una especie de afirmación pero advirtiéndole que tenía la regla. No se me ocurrió nada más que esta excusa tan típica para no descubrirme, pero funcionó. Incorporándome, me aparté las braguitas de encaje lo justo para que llegase a mi esfínter. Poniéndome de cara a Edu me dejé caer sobre el mástil lentamente que, todavía lubricado, me empaló hasta que no pude moverme. El grosor exagerado de aquella polla compensaba su escasa longitud pero me dolía un poco. Incliné mi cabeza hacia su pecho, soltándole antes los botones de la camisa, y le besé sus pezones. En parte también para que no tocase los míos. Ya mi culo se había adaptado al nuevo inquilino y comencé un sube y baja lento pero profundo.Ahora notaba cada pliegue y vena de aquel falo metiéndose dentro de mi, abriéndose paso a través de mi agujerito. Las tetillas del muchacho empezaron a reaccionar erectàndose. Mordisqueaba los pezoncitos que brotaban del pecho y disfrutaba del olor agradable que desprendía aquel cuerpo. Edu intentó embolarme más rápido y tuve que contenerlo o me habría desfondado. En estas, me salió de entre las bragas uno de los huevos y el chico se dio cuenta de que Alicia no era del todo chica. Nos quedamos helados un momento. Me miraba sorprendido y yo intentaba encontrar las palabras para explicarme cuando él volvió a mover su tranca en mi culo. –Lo imaginaba-, me dijo a la oreja aprovechando para pasarme la lengua por ahí. –Te lo habría dicho, pero me daba miedo tu reacción-, le contesté. La gorda polla seguía hurgando en mi ano provocándome un placer profundo al ritmo de nuestras respiraciones, que ya se habían acompasado. Seguimos follando como si nada hubiese cambiado, besándonos y mordiendo nuestros cuellos. Pensé en cambiar de postura, pero aquella era la que, en este momento, me procuraba más placer. Descubierto mi secreto, me acaricié discretamente mi polla a punto de reventar. Manoseaba bajo la falda con lo que mi amante no podía ver qué estaba haciendo, aunque lo intuyese. En unos minutos, nuestros movimientos fueron acelerándose cada vez más. Las acometidas se volvieron más cortas y profundas y creí sentir palpitar la tranca de mi amante. Yo seguía masturbándome y mi tranca ya estaba a punto de nieve. Sin poder contenerme, levanté la faldita para no pringarla y eyaculé sobre el desnudo pecho de Edu. Sorprendido se miró los chorretones que le bajaban por su tórax cuando me lancé a lamerlos con fruición.Muy poco después el chico se corría dentro de mi. Fue una corrida larguísima que terminó por rebosar bajándome por entre los muslos, resbalando hacia sus pelotas. Nos quedamos abrazados con aquel pene todavía dentro de mí mientras Edu me dedicaba dulces palabras y me besaba por todas partes. Terminó por aflojarse y le invité a acompañarme aquella noche, pues tenía que ir con Sheila.
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