Paula en el pensamiento - 3
Enviado por Francesc Llimós
La mañana siguiente fue una repetición del día anterior. Sólo que esta vez no fue casual. Paula estaba atenta a los ruidos exteriores mientras escrutaba de forma casi enfermiza la imagen que le devolvió el 'último espejo' antes de salir al rellano. Hacía tiempo en espera de la salida de Jaime.
Se miraba su rostro, su figura. Se mecía el pelo intentando encontrar la forma perfecta. Con un acabado de peluquería, seme rizado, con mechas, media melena. Un peinado esforzado en realzar su rostro, su talla, su cuerpo. Tenía mucha cintura, fina, estilizada. Realmente le hacía atractiva. Usaba, siempre, pantalones. Todos una o dos tallas menos para que se pegaran completamente a su piel, para que se introdujeran en los entrantes y rendijas corpóreas. Sus ciclos vitales, todos aquellos que variaban su peso hacían que a veces tenía que luchar contra alguna curva para poderlos vestir. Había decidido que no compraría ninguna talla mayor jamás. Todo se basaba en no aumentar ni un gramo su peso ideal. A veces había que forzar para no sucumbir a esta firme decisión. Seguía frente al espejo, ahora mirando el reverso de su cuerpo. Su trasero se adaptaba perfectamente al espacio que le dejaban los pantalones. Quizás algo grande para su propio gusto. No obstante su forma era hermosa, como una gran pera totalmente simétrica. Sabía que su culo era algo atractivo porque hacía muchos años que era objeto de la mirada de un importante número de varones. Sabía que sus pechos medianos, su rostro correcto de labios finos sin más no podían competir con él. Máxime si la cintura daba el primer conformado a todo su conjunto glúteo, a la vez que se le apreciaba claramente la zona púbica, delimitada por las costuras de los vaqueros. Su pubis era de un tamaño grande sin ser enrome. Triangulado, entrado hacía abajo. Aquella mañana se sentía guapa. Había trabajado más de una hora para ello. Su maquillaje como siempre era sobrio, presente con todas su opciones en todo el rostro pero sin ningún color que resultase chillón. Todo era una gama cromática de rosas pálidos, muy pálidos.
Cuando aún estaba buscando su aspecto exterior perfecto, el ruido de la puerta de Jaime sonó. Era fácil distinguirlo de otros por el número de veces que había oído anteriormente el chasquido del mecanismo de la cerradura. Era él, sin duda. Se apresuró. Ella abrió su puerta con el mínimo ruido, velozmente, se situó de espaldas a Jaime en la acción de cerrar la puerta. Sin duda, pareció que Paula había empezado la acción antes que él.
- Buenos días -espetó él-
- ¡Hoolaaa! –Respondió ella con aire de sorpresa bien fingida- ¿Cómo está tu tobillo?
- Creo que mejor pero debo de esperar unos días más.
- ¿Ya te hiciste los masajes? –Soltó a la vez una sonrisa leve pero cargada de toda la intención-.
- Estoy en ello Paula, estoy en ello.
Por la mente de Jaime empezaron a circular ideas que nunca había tenido respecto de su rubia vecina. Ya se habían situado frente al ascensor, uno al lado de otro, esperando la llegada del elevador. El olor a perfumes era fuerte. Paula seguía con su fragancia juvenil, un poco dulzona. Jaime utilizaba esas colonias que se huelen por las zonas masculinas de despachos y salas de reuniones. Jaime probó a abrir la puerta, pero era para él una tarea difícil dado que su lesión le hacía llevar una muleta, además de su maletín, dos periódicos y unas carpetas con documentos. Paula se acercó para ayudarle, continuaba usando toda su intención. Sus cabellos claros golpearon en la zona parietal de su compañero ocasional. Con su manó asió la muñeca de Jaime. Con uno de sus desnudos brazos le frotó el pecho, todo ello en una acción ralentizada pero instantánea, aparentando no inmutarse. Esta acción alteró a Jaime en sus sentidos más primarios. Sus cuerpos quedaron muy cerca, mucho. Pareció como si el mundo se hubiera detenido por unos segundos dentro de aquel habitáculo metálico. La fragancia de cosmética que despedía aquella mujer, al estar tan cerca de ella, se había transformado. Ahora, el arquitecto olía un intenso olor femenino, los aditivos y fragancias quedaban en segundo plano. Todo ello le turbó grandemente. No pudo disimular sus pensamientos y sus sensaciones. Paula lo notó. Le respondió con una sonrisa suave pero larga, a la vez que fijó su mirada en los ojos de su acompañante. Jaime le sostuvo la mirada, con valor, aguantando la mirada. Para él, que no estaba acostumbrado a vivir este tipo de situaciones, notó claramente como su corazón se aceleraba. Quedó unos instantes sin reaccionar. Ella, más acostumbrada a forzar situaciones de este tipo, esperaba el próximo acto.
De repente, otro golpe seco con regusto a madera y metal les devolvió al principio. Otro vecino, un obrero vestido de ejecutivo (era tan buena la caracterización que ni él mismo notaba que llevaba un disfraz), salía de su apartamento y se acercó con una franca sonrisa hacia ellos con la intención de compartir el ascensor.
- Caramba Jaime, ¿Qué te ha ocurrido?
A este tópico él respondió con frases por el estilo.
Entraron los tres en el receptáculo, la puerta del rellano se cerró y empezó el descenso. Paula y Jaime, con unos rostros que camuflaban perfectamente sus sensaciones se siguieron mirando. Su vecino no fue capaz de notar nada. En el interior de los dos amantes psicológicos todo era deseo y lascivia.
Llegaron en un momento al vestíbulo. Paula salió primero. Jaime, pesadamente, la siguió. Los dos no sabían que hacer, esperaban acontecimientos.
- ¡Te acompaño!. Voy en tu misma dirección. ¿Supongo que vas andando?.- le dijo el del disfraz-
Jaime se asió a esa opción, acababa de decidir que necesitaba tiempo para pensar.
- ¡Voy contigo!. ¡ Adiós Paula ¡
Ella montó como siempre en su antiguo utilitario y se dirigió a la tienda de su familia. ¡Qué cerca había estado! Se sentía estimulada, tenía algo en lo que pensar. Sus pezones se habían puesto puntiagudos.
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