Paula en el pensamiento - 1
Enviado por Francesc Llimós

Vivían en una ciudad minúscula, de aquellas de las que hace unas décadas, los poderes mandantes tenían por costumbre llamarlas de 'provincias'.
Quizás ahora la terminología había cambiado, pero todos aquellos años habían dejado un poso en los hábitos que la modernidad tecnológica solamente maquillaba su psicología vetusta.
Tan pequeña y cerrada en sí misma, que todo el mundo se conocía. Era fácil –incluso inevitable- participar del chismorreo sobre los comportamientos de quienes viviendo allí se salían de las normas rancias, y los sacrosantos ámbitos de familia, trabajo y todo lo demás.
Como en todas partes, las gentes reverberaban todos los actos singulares que protagonizaban los elementos más destacados de la sociedad. Y si la singularidad de éstos se relacionaba con asuntos de alcoba e intercambio de parejas respecto de la distribución oficial y eclesiástica, ya los encontramos en pleno ambiente. Todo podía caldearse aún más si los que practicaban estos juegos eran miembros de las familias que guardaban los tesoros con las esencias de la virtud, la pureza y la práctica sexual únicamente con fines reproductivos.

En este ambiente, con protagonismo claro, estaba Paula. Precisamente ella, miembro de una buena familia de la ciudad, tenderos de mérito y fachada, de aspecto externo más que respetable. Carcomidos por generaciones de matrimonios de conveniencia. Con los años, sus recursos económicos se habían limitado hasta la máxima laminación permisible. Sus decadentes negocios les reportaban escasos beneficios.
A pesar de su descohesión como grupo, sus bocas se llenaban de discursos hacia el exterior sobre las virtudes de la vida familiar. Hacían un simulacro de convivencia, integrando todos el negocio, habiendo mezclado en el mismo lapso temporal tres generaciones más las incorporaciones de familia política – y otras colateralidades- que se habían ido produciendo. No había nada que buscar en este apartado de su vida. Absolutamente nada. Todo era un vacío mental desesperante para los miembros que eran capaces de ser conscientes de su estado. No obstante. La mayoría manifestaban un catatonismo impropio incluso de la estupidez.

Paula era una voluble y voluptuosa mujer que luchaba como un demonio para no llegar a los cuarenta. Se había casado con poco más de veinte años y tenía dos hijos producto de este matrimonio. Su marido era un sosote y aburrido personaje, unos cinco años mayor que ella.
Los mensajes agudos, duros que les mandaba la sociedad de consumo por todos los canales posibles habían hecho mella en ellos. Comprar y comprar era su gran divisa. Ella no se recataba en manifestar que uno de sus sueños no cumplidos era poder comprar compulsivamente, utilizando una tarjeta magnética que no tuviera ni límite ni detalle de operaciones a la que hacer frente a final de mes. Dentro de la sociedad habían decidido –sin ser conscientes realmente de su decisión- ocupar este lugar de consumistas deficitarios.
Todo ello les había situado en una situación de insulsez general. Su desarrollo como familia había fracasado. Sus profesiones sólo eran un gastado instrumento de generación de recursos para poder solventar los descubiertos de fin de mes. No había nada en que ilusionarse, en lo que ser felices unos instantes, algo o alguien en lo que se pudiera disfrutar de algún modo.

Ellos, normalmente hacían el amor en una media de un simulacro por semana. A veces quedaba en un intento, otras en una eyaculación precoz. Había noches que parecían prometer algo con relación a su media, pero se interrumpían por algún que otro 'mamá-papátengosedynopuedodormir'. Las que no entraban en ninguno de estos grupos eran orgasmos por ella fingidos para terminar por la vía rápida con algo sudoroso, grasiento y repulsivo.
Ellos que habían practicado el sexo forzadamente silencioso en casa de sus padres cuando eran novios o el furtivo en los portales de las casas de los vecinos. Era cuando sus padres se ufanaban en controlar el sexo de sus hijos para poder limpiar sus conciencias respecto de sus miserias vitales. Ellos, los padres, creían haber mantenido a salvo del circuito del chisme sus furtivas aventuras. Su condición de patrones del negocio con empleados les había permitido –a ambos- alguna que otra aventurilla de las de detrás del mostrador. En aquellos años de posguerra y paz, ya no existían los chantajes y atropellos de los años de la revolución industrial. Se fingía deseo, se presentaban los polvos, felaciones y sus sucedáneos como algo en lo que había una voluntad mutua por estar. Sus tabúes respecto del sexo les hacían hablar de amor, pasión, deseo. De forma regular, en los cuarenta y tantos años después de su pubertad habían tenido varias experiencias. Trabajar de noche y estar junto en un ambiente caluroso facilitaba un tanto las cosas. A él le gustaba el sexo de forma enfermiza. Mantenía las apariencias -¡cómo no!- pero estaba siempre al acecho. De una forma más sutil o menos, según los casos, todas las empleadas habían notado la 'presión'. Con algunas lo intentaba con palabras cargadas y con otras con aquellos contactos físicos, aparentemente inocentes e involuntarios pero que en auténtica comunicación no verbal iban subiendo escalones. Un primer roce trasero rápido, como de pasada, 'accidentalmente'... Una aproximación lateral con el pene puesto en guardia. Ello era claramente perceptible en una nalga solamente cubierta por una bata ligera y gastada por el lavado. Todo iba aumentando, elevándose hasta que algo definitivo ocurría: '¿Por qué no?' Habían pensado unas. 'Vete a la mierda' habían dicho algunas con sus labios, otras lo sabían pronunciar con la mirada.
Ser la concubina del amo despertada un cierto morbo en algunas. Para las que no habían conocido otra cosa que el sexo de un solo hombre –el suyo- era una verdadera tentación miedosa. Había aquellas otras que su timidez era tan enorme que se dejaron llevar y jamás hicieron nada para evitarlo. Tan grande era su vergüenza, creada por su educación, que no se atrevían ni a pensar si les había apetecido. El padre de Paula se había convertido en un maestro a la hora de administrar las reacciones de casi todas.

La dueña sabía desde siempre lo que ocurría. A veces lo notaba e incluso en alguna oportunidad lo había podido ver. Siempre actuó como si lo ignorase. No había nada que pudiera evitarlo. No eran años de divorcios pero tuvo oportunidad de practicar algunas venganzas. Por las noches, en la cena, había condimentado la carne con todo tipo de líquidos limpiadores y desinfectantes. ¡Menudos dolores de estómago tuvo Pedro! Ella, en su papel de abnegada esposa, se compadecía de sus ardores crónicos de forma sincera.
Y también llegó un día en que aquel empleado con bigote, diez años menor que ella, había soltado una mirada dura, intensa, jamás le había mirado nadie de esa forma. Y estaban solos... De eso hace casi veinte años...

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