Jueves
Enviado por Marco
Lo que se presentó como una visita de cortesía a casa de mis amigos se había convertido ya en casi una semana como huésped. El jueves había pasado rápidamente mientras nos reponíamos de las locas jornadas vividas. Pilar había salido con Marisa y decidimos ir nosotros también a tomar algo. Mientras me duchaba entró Juanjo ya convertido en Sheila. Me sorprendió que quisiera salir así pero reconozco que estaba más guapa que el día de la discoteca. Vestía la misma mini pero en lugar del top se había puesto un body con puntas bajo una torera roja. –Vaya, hoy no te has teñido-, observé mirando su melenita a la que sólo se había dado volumen. –No, hoy la rubia serás tu-. Su respuesta me chocó tanto como el primer día en la piscina. La verdad es que acostarme con él era una cosa, me gustaba más vestido de mujer, pero no tenía previsto transvestirme yo. -¡Vamos, seguro que estarás preciosa!-. No le costó mucho convencerme. Sentía curiosidad y, al mismo tiempo, atracción por la idea a medida que pensaba en ella. Salí de la ducha y me secó con mucho mimo para luego sentarme sobre la taza del inodoro. –Relájate cariño, cuanto más tranquila estés mejor te sentará el maquillaje-. Lo intenté y creo que lo conseguí. Aprovechando mi pelo corto, me puso una peluca rubia ligeramente rizada. Siguió con su trabajo cada vez con más satisfacción en su cara. Finalmente, después de los labios, empezó a vestirme. Me puso un conjunto de ropa interior blanco precioso. Estaba excitado ya cuando me abrochaba la leve blusa -¡Todavía no, amor!-, me dijo palpando mi tranca que casi salía de las bragas. Una faldita azul marino terminó la faena, aunque lo más fastidioso fueron las uñas postizas. –Ya puedes ir al espejo-, comentó regocijándose en su obra. No me reconocí. Es lo menos que se me ocurrió al verme; tenía ante mi a una preciosa rubia a la que me no me habría importado cepillarme. Tal vez algo justa de cintura pero muy apetecible. Me estuve mirando un rato hasta que Sheila llegó a mi lado y me abrazó por la cintura. ¡Caramba, ella sí tenía! pensé. Realmente, empezaba a gustarme lo que veia en el espejo.
Tomamos mi coche y mi amigo me indicó la autopista en dirección a la capital. Llegamos en media hora y entramos en un local enorme y oscuro. Por el camino comprendí a muchas mujeres, es realmente difícil conducir con tacones. Escogí un nombre de guerra: Alicia. A Sheila le pareció bién, así que no hubo problema. Una vez dentro buscamos un hueco en una de las barras y nos pedimos las consumiciones. Era nuevo, para mi, descubrir de vez en cuando a un chico mirandome con ojos lascivos, aunque reconozco que Sheila se llevaba la palma. La mitad de su precioso trasero salía del taburete para goce de los chicos del lugar. Se notaba que le gustaba exhibirse, apartaba cada centímetro de ropa necesario para ver lo que ella quería mostrar. Al poco, nos levantamos para dar una vuelta por la disco y bailar un rato. Entre correcciones de cómo andar bién por parte de mi amiga vimos a un par de chicos a los que se acercó Sheila. Estaban en una mesa baja con sofá en un lado de la pista y hablaban con mi amigo. Me indicó que me acercase y nos sentamos entre los dos muchachos. Tendrían unos dieciocho o diecinueve años y eran bastante guapetones. Se llamaban Sergio y Dani y comenzamos a charlar con ellos. La voz de Juanjo podía pasar, pero la mía ya era menos confusible. Se levantaron un momento para ir a la barra a buscarnos un par de cubatas quedándonos nosotros solos. –Sheila, creo que se han dado cuenta de que no somos tías-, solté. –Pués claro, todavía no somos perfectas-, me contestó ella sonriendo. Volvieron los dos chavales con las cuatro bebidas y se colocaron como antes, con nosotras en medio. Estuvimos charlando un buen rato con ellos hasta que Sergio comenzó a pasar a la acción. Bajó una mano hasta mi pierna y me acarició por encima de las medias. Era la primera vez que me tocaba un extraño. Estuve a punto de sacarle la mano, pero el cálido tacto sobre la lycra me estaba encantando. Me fijé en su paquete y vi que había crecido mucho mientras notaba cómo Sheila se movía a mi lado. La miré fugazmente y vi que se estaba morreando con Dani.Amparado por la oscuridad del rincón, le estaba haciendo una paja a mi amiguita que lo acariciaba por todas partes. Cuando me volví, vi el cuello de Sergio tan cerca que no pude aguantarme, se lo mordí suavemente y lo fui resiguiendo hasta la oreja con mi cálida lengua. El chico se deshacía en gemidos y ya había llegado hasta mi tranca, a la que dedicaba un lento movimiento de arriba abajo. Me estaba poniendo cachonda por momentos. Moví mis manos hacia su bragueta y empecé a buscar en su interior. Casi no me hizo falta, con sólo soltarle los botones, saltó un enorme pollón precioso. Sin duda, era el más grande que había visto, maravillosamente recto y con una enorme vena bajo él que lo reseguía hasta su caperuza. Él se apartó un poquito para que pudiese inclinarme mejor, adivinando mis intenciones de comerme aquella descomunalidad. Era difícil, pero la posibilidad de que alguien nos viese aumentaba mi excitación. Comencé a lamer sus huevos calientes y me puso primero uno y luego los dos en mi boquita. Subí lentamente hasta al capullo y abrí mis mandíbulas intentando tragar aquello.Sergio se estremecía y me acariciaba la cabeza pero no conseguí pasar de media tranca. Rindiéndome ante la evidencia me dediqué con más esmero a su glande retocándolo con la lengua. Mi amante se volvía loco y su respiración se empezaba a entrecortar. -Vamos a una pensión, tengo que follarte-, me susurró entre suspiros. Se lo pregunté a Sheila, que tuvo que sacarse la polla de Dani de la boca para contestar. Ante los quejidos de él, que estaba próximo al orgasmo, asintió.
Después de andar un trecho, encontramos una en la que nos alquilaban una habitación por horas. Con la mano de Sergio tocándome el culo me sentía como una puta, lo que no hacía sino que salirme todavía más. Subimos las escaleras y llegamos a la puerta. En su interior no había más que una cama,que deberíamos compartir, y una silla además del servicio. Los dos chicos se desnudaron y nosotras nos quitamos las faldas y las braguitas. La vista de la lencería y nuestros rabos pareció sacarles de quicio ya que sus pollas se endurecieron al instante cómo antes. Sheila y Dani ocuparon la cama rápidamente y empezaron a marcarse un sesentaynueve impresionante. Viendo el cuerpo suave y el trasero duro de Dani, sentí ganas de penetrarlo. Pero Sergio me reclamó.Se había sentado en la silla al revés, mirando hacia el respaldo. Su tranca salía por entre las pequeñas barritas tan dura y preciosa como antes. Lo cierto es que me asusté un poco pensando lo que me haría esa bestialidad en mi esfínter. Sería cosa de lubricarla bién. Me arrodillé ante él y seguí con el trabajito donde lo había dejado chupando y lamiendo. Me sorprendió ver de reojo que ahora sólo Dani se la mamaba a Sheila, sin duda reservaba su leche para otra cosa. Por mi parte, me apliqué otra vez en los huevos de mi partenaire mientras con la mano le masajeaba el miembro. Noté unos ligeros espasmos, -¿Quieres que pare?-, le pregunté previendo su corrida. -¡No, sigue con tu trabajo, zorra!-. Regresé a su capullo y succioné tan fuerte como pude sin dejar de pajearle cuando noté un torrente de esperma subiendo por su polla. No me dio tiempo de apartarme, el semen irrumpió en mi garganta violentamente. Me tragué el primer chorro, pero seguía escupiendo más y más. Mi boca ya era incapaz de almacenar tal cantidad y tuve que soltarla mientras seguían lloviendo cuajarones espesos hacia mi cara. Menos mal que se me había ocurrido abrirme la blusa, porque la leche me descendía hacia el pecho y ya me había manchado el precioso sujetador que me prestara Sheila.Esta vista pareció excitar todavía más al animal que me ordenó echarme en una punta de la cama dónde su amigo follaba a mi amiga salvajemente. La había tomado a lo perro y le taladraba el recto con gran ahínco. Sergio me tumbó bajo la jovencita y tuve una perspectiva inferior de la polla de Dani abriéndose paso en el angosto agujerito de Sheila. El aparato de mi amiga me restregaba la cara al ritmo de la follada hasta que conseguí pillarlo y me lo tragué. Se volvió loca entre la mamada y la enculada y gimoteaba como una niña sin juguetes. En estas, Sergio me levantó ligeramente las piernas y me aplicó crema en mi ano que esperaba ya la brutal acometida. Cuando me la metió, noté con alivio que ya no era la monstruosa tranca que me hubiese partido en dos. Seguía siendo enorme, pero algo morcillona después de la impresionante corrida. Mi esfínter se adaptó como un guante y él empezó a bombear. Lo hacía a un ritmo vertiginoso, buscando la segunda vaciada rápidamente. Le rodeé con mis piernas enfundadas en las medias y lo apreté contra mi. Al poco, comenzó a suspirar frenéticamente mientras se corría dentro de mi. Se fue aflojando hasta que la sacó y la restregó contra la mía embadurnándome con el claro semen que había soltado. Sentí como rezumaba por mi culo la leche que bajaba hasta la colcha dejando tras de ella un rastro pegajoso y caliente de agradable sensación. Al mismo tiempo, Sheila estaba llegando al orgasmo y otro chorro invadió mi garganta. También esta vez la saqué y dejé que me untase por todas partes con el líquido pegajoso. Casi de inmediato se corrió Dani. La sacó enseguida y se vació en el culo de mi amiga pero por fuera. Los hilillos bajaban hasta mi que ya estaba hecha una diosa del semen. Los tres se habían corrido sobre mi de una forma u otra, la verdad es que empezaba a necesitar una ducha. Sheila, dándose cuenta de que mi polla seguía tiesa, se la tragó y me dedicó una mamada como sólo ella sabía hacerla. Me eché más hacia el medio de la cama y recibí las atenciones de los tres. Mi compañera comía el rabo que tanto la enloquecía por las noches al mismo tiempo que Sergio lamía mi pecho, sin importarle que estuviese lleno de lefa. Dani se daba a otro juego; me mostraba su apetitoso culito untándoselo con vaselina y deslizando un dedo en su interior de vez en cuando. Su visión me estaba poniendo a cien. Sabía que ese trasero sería mío antes de la ducha. Se tumbó a mi lado y lo besé apasionadamente. Nuestras lenguas se retorcieron juntas mientras mi pene crecía gracias al trato que recibía de Sheila. De pronto, se retiraron los que tenía encima y me revolví hacia Dani. Apunté mi tranca a su esfínter y apreté hasta que entró. La polla se abría paso por el estrecho agujero mientras alguien me entraba por detrás. Por el tacto reconocí a Sheila que volvía a tenerla dura como hacía bién poco. Nunca antes había hecho un tren, pero me pareció maravilloso. Dani jadeaba a cada acometida sin darse cuenta que era mi amiga la que marcaba el ritmo. Lo fue acelerando poco a poco hasta que se le aflojó. Yo seguía enculando al joven, ahora más despacio, embadurnando su espalda con el esperma que había recogido. Me iba llegando, notaba mis huevos a punto de estallar. Al fin me corrí dentro del precioso culo del muchacho y estuve allí unos minutos hasta que se redujo el aparato mientras él remoloneaba contra mi pubis. Sheila y yo nos fundimos en un apasionado beso, agradeciéndole su idea y prometiendo que volveríamos a hacerlo. Para entonces, Sergio ya había preparado la ducha.
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