En el sex shop
Enviado por Marco

Hacía pocos días que había terminado mi visita a Juanjo y Pilar. Todavía me encontraba confundido acerca de mi recién descubierta bisexualidad cuando decidí llegarme a la capital. Dormiría en casa de mi tía Amparo como otras veces aprovechando que vivía sola y no carecía de espacio, evitándome así el viaje de vuelta a mi casa después de una noche de marcha. Me decidí a llegarme a uno de esos bares de ambiente que Sheila me había comentado. En el primero de ellos, un montón de tíos poblaban el oscuro local, pero me di cuenta enseguida que no me encontraba cómodo. Algunos de aquellos hombres me parecieron demasiado mayores para mi gusto, en cambio me sorprendió pensar que como Alicia, sí me habría follado de buena gana a algunos de ellos. Parece que mis gustos cambiaban según mi vestido. También había oído acerca de algunos malos rollos que se daban en este tipo de locales. Huyendo de algún acoso, me fui un poco decepcionado a otro de los lugares que Juanjo me comentó. El segundo ya me pareció algo mejor, ligeramente más iluminado, con clientes más jóvenes y aparentemente más limpio. Me acerqué a la barra sin poder evitar algún que otro toqueteo y me pedí un combinado. Algunos hombres me lanzaban miradas fugaces como si sopesasen sus posibilidades. Miradas muy parecidas a las que me halagaban cuando era Alicia , sólo que ahora era Marco. Al rato, sin saber qué hacer salí a la calle y me dirigí a un sex-shop con cabinas cercano a dónde dejase el coche. Antes de entrar, curioseé un poco por la tienda revisando los artículos que en ella había. Un montón de vídeos, juguetes y revistas pasaron ante mi. Tenía ya una buena colección de vibradores, clavijas y bolas en mi casa (algunos incluso en mi coche), pero me atrajo la atención un pene con eyaculación de un tamaño y aspecto interesantes. Lo tomé para examinarlo cuando mis ojos toparon con los de un chaval que parecía mirar el mismo artículo. Ligeramente avergonzado, como si hubiese leído mis pensamientos acerca del estrecho destino de aquel juguete, me dirigí a otra sección. Había pocos clientes en el local, así que volví a encontarlo también a él en la sección de revistas. Observándolo mejor, recordé instantáneamente de qué me sonaba su cara. Pelo corto, delgadito, culito apetecible... ¡Estaba en el local de antes!. Ya más animado, me atreví a acercarme a él. Sólo un roce. Yo llevaba en la mano una revista de chicos y él toqueteaba con otra. Nos miramos un momento y me reconoció. –Hola-, acerté a decir. Me contestó de igual manera. Rompimos el hielo con un fugaz cruce de palabras y volvimos a la sección que habíamos abandonado. Ahora tomé la polla de plástico y vi que él, sonriendo, tomaba otra igual. Nos acercamos los dos a la caja y pagamos. Le esperé un momento pensando qué diablos iba a hacer ahora y porqué me estaba esperando. De pronto, el chico preguntó inocentemente -¿Porqué no los probamos?-. La pregunta me vino de sopetón y no se me ocurrió respuesta alguna, aunque él se encargó de ello. –Podríamos ir a una de esas cabinas dobles. –Claro-, contesté de pronto. Entramos juntos en una de ellas y llenamos el depósito de los penes con gel de ducha neutro que el muchacho llevaba (muy previsor). La verdad es que yo no sabía como continuar con aquello, así que eché quinientas pesetas en el monedero y las pantallas se iluminaron. Mi partenaire eventual buscó el canal adecuado, donde un grupo de jóvenes montaban una orgía impresionante. No me apetecía mucho follar en aquel momento, pero sí pasar un buen rato. Creo que es lo mismo que pensaba el chico, del que ni siquiera conocía el nombre. Se incorporó a medias, se bajó sus pantalones y el slip dejando al descubierto una preciosa polla de mediano tamaño. Le imité, y vi que miraba de reojo mi rabo, algo mayor que el suyo pero no tan bonito. El suyo estaba casi ausente de arrugas y sólo la vena que subía por debajo rompía la perfecta cilindricidad de aquel instrumento. Delicadamente acercó su mano al mío y pregunto si podía tocarlo. Le dije que sí y empezó a manosearlo hasta que no resistí más y le devolví el trato. Inmediatamente, me ofreció un condón y me dio a entender que aquello iba a acabar en algo más que una paja compartida. Me lo puso con la boca sin casi yo enterarme y se dedicó a mamar mi bastón. Todo un experto. En la película, un muchacho rubio con una tranca enorme enculaba a otro joven y el mio se lubricó el ano con más jabón. Dándome la espalda, se ensartó en la tranca que le ofrecía sin ningún esfuerzo e inició un lento sube y baja. Mi badajo quedó atrapado entre las carnes del muchacho y parecía no querer soltarlo. Yo le acariciaba su sexo y comencé a pajearlo, a lo que él respondió con unos suspiros que rivalizaban con los de la película. El tacto de su pollita era suave y caliente, me animó a aumentar la velocidad. Lo cierto es que nuestra coordinación no era demasiado buena, a ratos se quedaba parado mientras se la meneaba, y otros se movía tanto que no había forma de pajearlo. Tuve que soltar aquella preciosidad y concentrarme en lo que estaba haciendo. El joven se las ingenió para echar quinientas más en la máquina sin desclavarse y se dedicó por completo a mi. Subía y bajaba disfrutando visiblemente de la taladrada cuando en la pantalla comenzaron a correrse. Me puso a cien y empecé a encularle tan fuerte como pude. Mi amante mezclaba gemidos de placer con algún que otro quejido cuando le entraba a tope hasta que me solté. Al notarlo el muchacho me exprimió como un salvaje sacándome hasta la última gota de leche con su esfínter. Yo le acariciaba las tetillas cuando sentí un chorretón caliente en mis manos. Se la había estado meneando él mismo mientras le follaba. Bajé una de mis manos y le ayudé acariciándole los huevos. También él se vació por completo.

A todo esto nos despedimos sin haber probado los vibradores pero con el compromiso de vernos algún otro día. La verdad es que yo prefería a Juanjo, pero la experiencia me gustó.

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