Cristina
Enviado por Marco
Serían ya las cinco de la mañana. Habíamos dejado a Sergio y a Dani hacía rato y nos dirigimos a otro local que Sheila frecuentaba. Sölo entrar, mi compañera encontró a quien buscaba, ya que nos acercamos a una mesa que compartían una preciosa madura, rubia, de unos cuarenta y pocos y una escultural jovencita. Me presentaron cono Alicia y nos sentamos con ellas. A desgana, nos sirvieron la última copa advirtiéndonos que iban a cerrar pronto. –Sheila nos ha hablado mucho de ti. Ya teníamos ganas de conocerte-, dijo Carmen, la mayor. –Eres más guapa de lo que nos había dicho-, soltó Cristina, la joven morena. El escote que lucía mostraba una par de pechos pequeños pero exageradamente tiesos. Viendo dónde caía mi mirada siguió -¿Te gustan? Si te portas bién te los dejaré probar- . Estaba sonriendo y radiante con el vestido rojo que llevaba. Desentendiéndonos de las otras dos, nos acariciamos para tomar contacto la una con la otra y corroboré lo que pensaba. Por encima del vestido toqué suavemente el inconfusible bulto de una polla. Maravillado por su belleza dejé que palpara la tranca con la que la iba a obsequiar si ella quería. Su mano pasó fugazmente por encima de ella yendo a pararse sobre los huevos que palpitaban con aquel tacto. Ante la situación decidimos ir solas por nuestra cuenta. Quedamos con Carmen y Sheila que nos encontraríamos en casa de la madurita y nos fuimos a otra disco abierta hasta el amanecer.
Por el camino, me contó que había sido dragg queen y que vivía de ello. Ahora se estaba esculpiendo el cuerpo que a ella le gustaba. Dijo que no abusaba de las hormonas en parte por miedo y en parte para no perder del todo el pene que tantas alegrías le daba. Ciertamente, no le hacían falta más, estaba divina así. Aparcamos el coche en la playa de la disco y se acercó a mi como para soltarme alguna confidencia. Sin querer, acercamos nuestras bocas y nos besamos apasionadamente. Nuestras lenguas cambiaron de lugar enredándose y tocándose hasta que nos quedamos sin aire. –Me caes muy bién ¿Sabes?- me dijo al oído. –Me gustaría seguir así- le contesté. Entrando en el local tuvimos que acostumbrarnos a la poca luz que había. Los destellos de los focos servían para orientarnos hacia la pista a la que nos dirigimos sin ninguna prisa. Estaba llena de guiris moviéndose como locos. Nos hicimos un hueco y bailamos juntas hasta que una pandilla se acercó a nosotras. Eran cuatro chicos jovencísimos que se habrían escapado de algún cámping de alrededor. Nos entraron tímidamente, casi titubeando. Al rato y viendo que solo hacían que tontear, Tina les dijo -¿Quereis que os las chupemos aquí mismo?-. La primera sorprendida fui yo. Afortunadamente me quedé sin habla y me limité a mirarles inquisitivamente. Ellos aún se cortaron más que yo pero, al fin, los dos que parecían mayores se adelantaron armándose de valor. –¡No sois capaces!-. Tina lo miró desafiante, -¡Ven aquí, chiquitín!-. Se lo llevó hacia un reservado, al que no daban los focos, en donde otras parejas se estaban dando el lote. Cogí al mío por la manita y lo senté junto a su amigo. Por un momento, temí que me metiese mano pero estaba tan nervioso que creo que ni se le ocurrió. Ya sentados, nos arrodillamos ante ellos y nos hicimos entre nosotras un guiño de complicidad. Soltamos los pantalones y se los bajamos hasta donde pudimos. Me incorporé un momento y besé a mi chico en la boca para luego mordisquearle la oreja antes de decirle con mi voz más femenina –Tranquilo, niño, no te va a doler-. Estaba como petrificado aunque su polla se erguía imperial ante mi cuando volví a arrodillarme. Peor suerte tuvo Cristina, ya que el suyo no se había empalmado todavía. Se inclinó sobre la fláccida tranca y empezó a lamer alrededor y a acariciarle sus peludas bolas. Por mi parte, besé la punta y saqué la lengua rápidamente para reseguir la vena hasta su base. Una vez allí chupé las bolas de mi improvisado partenaire que apenas aguantaba los jadeos. Tuve que apartarme el pelo varias veces hasta que me acostumbré a moverme sin que me molestase el flequillo. Vi de reojo que Tina había levantado la moral al otro muchacho y ya se dedicaba plenamente a la faena. Seguí con lo mío hasta que, al ver que me molestaban, le dije que se quitase del todo los pantalones. Obedeció sin rechistar y en un santiamén estaba listo para continuar. Chupando y lamiendo, lo acerqué hasta el límite del sofá con lo que tuve acceso a su agujerito anal al que me acerqué humedeciendo todo el camino. Mientras sobaba la tranca con la mano, lamía aquel esfínter mientras el chaval se deshacía. Noté su proximidad a la corrida y aflojé el ritmo de la paja mirando a Tina que tenía al suyo algo más retrasado. Volví al rabo y me lo tragué hasta donde pude, sacándolo lentamente hasta que volví a juguetear con el glande. El chaval no parecía enterarse de que le había enterrado un dedo en el culo hasta que empezé a moverlo. Suspiraba rápidamente hasta que se corrió. Aparté mi cara de aquel torrente abriendo la boca para recoger el semen, pero el chico se movía y era imposible apuntar. Por suerte lo recogí casi todo y sólo me embadurnó las mejillas con algún chorrito. No me gustó el sabor de aquella leche y opté por escupirla disimuladamente. Cristina, en cambio, no se sacó la polla de la boca mientras su chico se convulsionaba vaciándose. Chupó hasta que se volvió morcillona. Lo había dejado seco. Cuando terminamos, nos incorporamos de nuevo, besamos a los muchachos y nos fuimos sin decirles nada mientras se subían sus pantalones. Menuda historia tendrían para contar a sus amigos.
Nos acercamos a los servicios para lavarme la cara y Cristina me repuso el maltrecho maquillaje. Comentamos entre risas lo que acabábamos de hacer y salimos hacia la barra a pedirnos algo. Estuvimos hablando y hablando hasta que cerramos el local. Me sentía muy bién con ella y no quería que aquello terminase. Quedamos en ir a casa de Carmen e instalarnos en la habitación de los invitados. Llegamos al piso y entramos sin hacer ruido. Encontramos a Carmen y a Sheila tendidas en la cama de matrimonio y pasamos de largo hacia la otra cama. Afortunadamente también era grande.Nos dimos un beso de buenas noches y nos echamos a dormir abrazadas.
Nos despertamos tarde el viernes al mediodía y encontramos una nota de las otras dos quedando para almorzar en una pizzería. También me decía Carmen que podía disponer de su armario. No tenía previsto travestirme dos días seguidos, pero no disponía de más ropa y la idea seguía gustándome cada vez más. Tina salió de la ducha preciosa. Debía pensar que estaba horroroso como Marco pero me dio un beso y me cedió el paso al cuarto de baño. Terminé de ducharme y tuve que avisarla para que me ayudase a arreglarme. Aunque Sheila era muy buena, Tina se mostraba más ágil con el maquillaje, aparte de rellenarme los pechos que cubrió con un apretado top. También me aconsejó, casi ordenó, la ropa que debía vestir, braguitas de encaje, medias, zapatos de tacón alto... Cuando llegó la hora de ponerme la ceñidísima falda negra cambió de actitud. Ya me había dado cuenta de su excitación mientras me vestía. Debajo del albornoz intuía la tranca de mi amiga luchando por salir. Tal y como estaba, vestida pero sin faldas, se acercó y me lamió delicadamente las piernas por la parte interior. Me estaba haciendo muchas cosquillas y yo intentaba apartarle su preciosa cabezita coronada por una melena castaña. Se acercó cada vez más a mi sexo y le pasó la lengua por encima de las bragas. La tranca empezó a palpitar y a crecer mientras Tina la descubría y quedaba erguida ante su cara. Ella se soltó el albornoz y me bajó mis braguitas. Acarició suavemente la piel con la lengua, lo que me provocó un escalofrío cuando le tocó al capullo, en el que se entretuvo un buen rato. Me recliné un poco apoyándome en la pared y ella me abrió las piernas mientras seguía con su trabajo. Su húmeda lengua se paseaba hasta mi recto en el que se regocijó metiéndomela a golpecitos. Sentía oleadas de placer que recorrían mi cuerpo que se multiplicaron cuando me chupó las bolas. No pude aguantar más y me pajeé mientras ella seguía succionando como si quisiera comérselas. Metió un dedo en mi culo y me puso a cien, estaba a punto de correrme. Tina lo notó por mis jadeos, cada vez más rápidos. Apartó la mano con la que me masturbaba y se tragó la tranca hasta donde pudo , metiéndome otro dedo. Aquello ya era demasiado. No pude contenerme y me vacié en su boca, de la que no escapó ni una gota.
Se levantó lentamente y me besó pasándome un enorme cuajaron de espesa lefa que nos repartimos. Su tieso pene chocaba con el mío, ya fláccido. Hábilmente, sin dejar de abrazarme, sentí cómo su capullo se paraba ante mi húmedo esfínter. Apretó hacia arriba sin dejar de besarme y no pude evitar soltar una exclamación. Me había enterrado el glande sin manos y ahora intentaba entrar el resto. Ante la dificultad de la maniobra, me ofrecí a acompañarla a la cama. Cristina accedió encantada y me tumbó en medio del colchón. Tomó mis piernas sobre sus hombros y apuntó otra vez su tranca hacia mi. Volvió a hincármela y me emboló suavemente, penetrándome tanto como acogía mi recto. Yo, por mi parte, gemía de placer aunque lo que más me complacía era ver su preciosa cara con la satisfacción dibujada en ella mientras me follaba delicadamente. Cambiamos de postura y me tumbé sobre la cama con la almohada bajo mi vientre. Ahora podía entrarme del todo y me volvía loca sentir sus pelotas chocando contra mi culo. Al poco, sacó la pollita de su prisión y, revolviéndome, me la incrustó en la boca. Chupé aquella preciosidad durante un minuto o dos hasta que le sobrevino el orgasmo a mi amiga. Nada de violencias, la corrida fue suave como el resto del polvo. Fluyó en mi boca un líquido que me recordó más a un flujo vaginal que a otra cosa y, también este lo compartimos entre besos y risas. Finalmente, tuvimos que volver a asearnos e ir a buscar a las otras dos.
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